Alegato contra la prostitución y por la dignidad de la mujer

Por Bene Pfeiffer

Cuando ejerces una profesión, sea levantando cajas o haciendo cirugía, lo que pones al servicio no es tu cuerpo, sino tus conocimientos/capacidades. Otra cosa es que para desempeñar tu capacidad hagas uso de tu cuerpo.

Cuando eres prostituta, el servicio es tu cuerpo. Eres tú. Tu alma. Tu identidad como mujer. Y a diferencia de otras profesiones donde uses las manos, nadie está respetando tu espacio vital. Tú no tienes control, ni potestad, ni nada. Es otro quien tiene potestad y poder sobre ti, que para algo está pagando para manosearte y disponer de ti a libre voluntad.

Me parece superficial reducirlo a un simple coito donde ofreces un servicio como en cualquier sitio, porque somos mucho más que un cuerpo. Y lo que otros hagan con nuestro cuerpo tiene un impacto directo sobre nuestras emociones, nuestro yo. 

Es un repugnante papel que se nos ha asignado por la fuerza: desde muñeca hinchable personal para hombres salidos, a yegua de cría para familias pudientes que no pueden tener hijos. Un papel que encima nos quieran vender como algo natural. Natural hasta que le preguntes a uno de esos hombres si accederían a que diariamente les metan strapones por detrás para ganar el mismo sueldo que ahora o algo más. 

Estás poniendo en servicio tu cuerpo, ¿qué problema hay?
Invirtiendo los papeles, de repente, proponer poner al servicio tu culo para el deleite de las fantasías sexuales de vete a saber quien, se antoja humillante y desagradable. Por ejemplo, c
uando tratamos de equivaler la prostitución a cualquier otro trabajo: “Hombre, si no puedes encontrar trabajo, pon al servicio tu miembro y tu trasero. Mira, en ese asilo de ahí arriba hay unas cuantas abuelitas a las que les podrías alegrar el día haciéndoles un completo, y a alguna que está más salidilla le gustaría meterte el pepino que no se ha comido durante el almuerzo. Venga, ¡no me mires así! Es casi lo mismo que estar pasando paquetes de cereales por el cajero del súper.”
Y también cuando lo justificamos esgrimiendo argumentos biológicos absurdos: “Hombre, estás diseñado biológicamente para procrear en tantas hembras como sea posible. Ofrecer un servicio sexual a esa mujer que físicamente te dé fatiga y que no se haya duchado en 2 semanas, no debería suponerte ningún problema. Todo lo que tienes son delirios culturales que te han metido en la cabeza, por eso te mueres de asco solo de pensarlo. Incluyendo a la que quiere atarte a la cama y hacerte de todo mientras tú tengas que dejarte y a la que le tengas que hacer tú de todo, hasta un beso negro, que para eso te paga. ¡Venga hombre! Que eres muy delicado.”

Luego están los que defienden que todos los que buscan servicios sexuales no son necesariamente personas que dan nauseas solo de verlas o pervertidos que acuden a ti para hacerte lo que casi nadie accedería a hacer por voluntad propia.
Según ellos hay mucha gente guapa y maravillosa que paga por sexo, pero, curiosamente, pese a ser el sueño de tantos hombres, ninguno hace cola en el puticlub para que las tías buenorras le paguen por acostarse con ellas.
Habrá que preguntarse por qué.

Por último está ya el colmo de los colmos: “Los hombres se excitan con el cuerpo de una mujer, por eso necesitan de una para satisfacerse”.
O sea, que el problema lo tiene él, porque por X o por B no tiene a nadie con quien “desahogarse”, pero lo tiene que solucionar una mujer que muy probablemente esté necesitada o coacionada. Una a la que probablemente él no le apetece nada (mucho menos después de haber tenido relaciones unas cuantas veces antes ese día).

Se da simplemente por hecho que el cuerpo de una mujer puede/tiene que hacer de objeto de uso personal para que unos cuantos pobrecitos no tengan que contentarse con una simple masturbación en el baño. Si son más descarados y machistas si cabe, te sueltan que: “Si no fuese por las prostitutas habrían más violaciones”.
Cabría imaginarse que, si se necesita urgentemente el cuerpo de una mujer para satisfacer tus necesidades sexuales porque, de lo contrario, no sabes si podrías responder de tus actos, lo que necesitarías no es una prostituta, sino un profesional que te lo haga mirar. E ir a ese profesional, en vez de, nuevamente, responsabilizar a la mujer de que los “probrecitos” tengan siempre a una cerca que sea prostituta si no quiere correr el riesgo de ser violada.

Quizá el tema de la prostitución no causaría tanto alboroto si no existiese la trata de blancas y todo el mundo supiese diferenciar. Pero las evidencias muestran que la cosificación del cuerpo femenino no ha hecho más que asentar una sociedad esencialmente patriarcal en la cual no se tiene el mismo respeto por una mujer que por un hombre.

Una de las pruebas más fehacientes es que, cuando una mujer va sola, difícilmente pasa un día, una tarde, un café, una salida con las amigas, sacar al perro… sin que se vea expuesta de una manera u otra a que alguien la mire con descaro, le suelte una machorrada o directamente pare a toda la tanda de sus amigos ciclistas en el paso de cebras para dejarla pasar y ella tenga que estar escuchando lo que les parece su cuerpo.
Sin embargo, curiosamente, cuando una mujer va con un hombre, no le dicen nada. Nunca pasa nada. A él le respetan. 

Para que luego digan que son instintos naturales que no se controlan; pues bien que, cuando una mujer va con un hombre al lado, todos se contienen y saben comportarse. Es curiosa la cosa.

El machismo está tan naturalizado que se puede percibir hasta en los hombres considerados más buenos y respetuosos.
No es raro que, aún teniendo pareja, cuando salen sin ella, terminen dando por saco a la primera lo que se encuentren, para luego pasarse el camino a casa, y los días siguientes, haciendo comentarios groseros, vomitivos e irrespetuosos sobre la mujer o mujeres en cuestión.

También cabría mencionar la cantidad de porno que se pasan para comentar sobre ella, no sobre él.
En los grupos de WhastApp de hombres es bastante habitual que se pasen tanto material pornográfico que cabría preguntarse por la salud mental de sus participantes.
De existir un participante que no participa de ello, suele, en cambio, verlo con normalidad, no haciendo lo más mínimo por expresar disconformidad. En muchos casos para no “ofender” a sus amigos. Dando igual, en cambio, el insulto que su actitud conlleva a la comunidad femenina en general y las parejas que puedan tener los integrantes del grupo en particular.

Si una mujer pasase tanto contenido explícito y sexual a sus amigas, no sería tan difícil plantearse la posibilidad de que exista un serio problema.

Inviertes las tornas y pasa de normal a absolutamente ridículo. 

¿Y por qué? ¿Qué les han metido a esos hombres en la cabeza para que les guste esas demostraciones de hombría propias de un ritual de apareamiento entre venados? ¿Que una mujer es un cuerpo con el que puedes deleitarte sin una pizca de vergüenza o consideración? ¿Que es normal que te quedes mirándola fijamente, y que sigas incluso cuando ella se ha dado cuenta y ha dado muestras claras de sentirse incómoda? ¿Que no le faltas al respeto a las mujeres al referirte a ellas de forma tan soez y repugnante entre tus amigos? ¿Que no le faltas al respeto a quienes tienes en casa insinuandote sexualmente a otras? ¿Que tampoco es una falta de respeto contarle a tus amigos lo que le haces a tu mujer y le harías a otras? ¿Que es muy normal que el porno y las fotos explícitas de las vaginas ocupen tu mente y tu atención durante gran parte de tu tiempo? ¿Que es normal que tus amigos, en caso de que tú no seas así, sí lo sean y que no tienes ninguna responsabilidad moral de decir nada?

¿Qué será?

About Bene Pfeiffer

Bene Pfeiffer es una librepensadora danesa, crítica, inconformista y curiosa empedernida.