El pensador, la rebeldía y los prejuicios

Por Amparo A. Machí

Los auténticos rebeldes sabemos que la rebeldía no es una cuestión de adolescentes, sino que forma parte de una idiosincrasia personal, una actitud ante la vida que se plantea y cuestiona constamente todo lo que nos rodea, pero esa rebeldía deja fuera muchas cosas que a menudo se le atribuyen, como sentimientos o impulsos negativos de ira, violencia, etc… Tampoco es la rebeldía una cuestión de inconformismo como tal, sino un punto de partida, una actitud interior en la que nos planteamos la existencia, con todo lo que ello conlleva.
Según nos cuenta Camus en su obra “El hombre rebelde” un hombre rebelde es un hombre que dice no, y en ese no afirma la existencia de una frontera que no debe traspasarse por ser intolerable. En esa negación, en esa rebelión hay una admisión entera o instantánea a una parte de sí mismo que ha sido anulada o no reconocida, por tanto, no es casualidad que en la adolescencia aparezca como esa búsqueda de identidad que se opone a lo que se aprendió para buscar su propia esencia, y para ello se cometen errores y se toman caminos que pueden llevar a ninguna parte o a alguna parte no deseable, ahí es donde pueden aparecer manifestaciones negativas. Es casi inevitable, diríase que hasta necesario. Ahora bien, una vez superada esa etapa, la rebeldía toma ese cariz diferente y más auténtico que revela una forma de asumir la vida y sus circunstancias con un pensamiento capaz de discernir y llegar a vislumbrar más allá de lo que parece, de las convenciones sociales o las cosas que damos como válidas sin más.

Haciendo una analogía con la Historia, también en ella hemos vivido etapas de adolescencia, de búsqueda, hemos buscado nuestra propia esencia en actos e ideologías, en religiones y en todas aquellas herramientas que el ser humano como tal ha tenido a su alcance durante siglos. Y como en la adolescencia, se han cometido errores e ido por caminos que nos llevaron a grandes tragedias humanas.
Siguiendo con Camus, la vida es un absurdo y en ese absurdo se cimentan todos esos errores que ya conocemos. En realidad, la vida es una prueba constante de ensayo y error, igual que la Historia. Esto nos lleva siempre a conclusiones que plasmamos e interiorizamos en forma de prejuicios, ellos son los que en la edad madura nos conforman y nos delimitan el pensamiento, una vez superada la etapa de la adolescencia. Sin embargo la rebeldía ha de seguir existiendo en los pensadores, porque gracias a ella podemos replantearnos los posibles errores, el cuestionamiento de lo absurdo, de las actitudes que pueden llegar a destruirnos como seres humanos en lugar de ayudarnos. Los prejuicios actuan como una cierta salvaguarda de nuestras más íntimas convicciones, son también los que nos salvan de posibles estafas ideológicas, intelectuales y de pensamiento. Actuan como protectores, pero a la vez son impedimento para el pensador porque impide ver con claridad más allá de ellos. La actitud rebelde los aniquila y nos hace tambalearnos entre las convenciones, nos empuja hacia el abismo de tener que repensar la vida y lo que nos rodea a la luz de otras miradas, de otras perspectivas, y todo ello tiene sus efectos. La libertad se basa en la lucidez de poder combatirlos lo suficiente para poder ir tras los velos que la sociedad impone ante acontecimientos o formas de vivir o pensar que se instalan en determinadas épocas. Somos fruto de nuestra época, pero no tenemos porqué someternos a ella, puesto que como seres pensantes tenemos la posibilidad de rebelarnos, de decir no cuando lo que nos rodea no lo sentimos como parte de nuestra naturaleza, cuando notamos que ciertos caminos no nos llevan hacia ningún lado bueno, y sin embargo, no siempre lo hacemos.
El ser humano es gregario por naturaleza, nos gusta identificarnos en los otros, formar parte de un determinado grupo, por tanto sufrimos ese peligro de tropezar siempre en las mismas piedras. Intentar ser capaces de cuestionar lo que ya se ha asentado y validado durante años en la sociedad es muchas veces temerario y no es algo que pueda hacer cualquiera. Se necesita rebeldía, inteligencia, valor y una gran capacidad emocional para sobrellevar las consecuencias que ello acarrea.
En la Historia tenemos claros ejemplos de personas que lo hicieron y acabaron mal. Y sin embargo, ironías de la vida, sus aportaciones son ahora imprescindibles y parte de nuestro bagaje cultural, con el que manejamos nuestras culturas, ideas y pensamientos, pero el avance continúa, nunca se detiene.
Igual que el pensamiento condiciona los actos, tanto en el ser individual, como en la colectividad, y el desarrollo de las sociedades se basa en el desarrollo del pensamiento a lo largo de los siglos, el ser humano también puede dar dos pasos hacia atrás dentro de esa evolución, y ello significa que puede darse una involución, un desapego hacia quienes somos en esencia debido a las experiencias y caminos que se recorrieron en los últimos siglos.
Las grandes guerras, el desarrollo armamentístico, las revoluciones y todo lo que marcó unas épocas son ahora las semillas que provocaron lo que vivimos hoy, la relativización del ser humano como tal, su infravaloración, la desaparición de ciertos valores humanos…
Pero no nos llevemos a engaño. En las civilizaciones de la antigüedad ya existieron los caminos erróneos, las guerras feroces, las matanzas, los desatinos y crueldades… y con ellos también los aciertos, la evolución y el desarrollo del pensamiento. ¿A qué conclusión nos lleva esto? La conclusión está clara; la Historia es cíclica, como cíclica es la vida del hombre, y cíclico su pensamiento.
La naturaleza humana no cambia, jamás ha cambiado en nada. Seguimos siendo como éramos hace dos mil años, los mismos defectos y virtudes. Nos mueven las mismas cosas, los mismos sentimientos. Los caminos que tomamos son los mismos, por tanto, hemos de darnos cuenta de los que son deseables, los que realmente nos van a dar aquello que más apreciamos, aquello en lo que la mayoría coincide en buscar, que no es nada más y nada menos que el bienestar interior en ese baile angustioso en el que danzamos alrededor de un abismo que habita en nuestro interior, como afirman los psicoanalistas. De la interrelación entre nuestra angustia interior y el mundo exterior nacen los absurdos, las maneras en las que resolvemos nuestras identidades en el mundo, buscando en la otredad nuestro propio yo. Es así como formamos colectivos que se identifican entre sí y se adhieren a proclamas que no siempre responden a nuestros propios dilemas internos, pero que aceptamos sin más por esa necesidad de pertenencia al grupo. Es entonces cuando se crean esas masas que no son capaces de un pensamiento crítico y de ahí se llegan a cometer verdaderos disparates. Lo vemos claramente en algunos sucesos que pasan hoy en día, las premisas son quizás legítimas, pero no la manera de manifestarlas o defenderlas.
Saber qué hacer con la vida parece que se imbrica en un plan prediseñado por la sociedad o por un determinado grupo, en vez de por uno mismo. Y en esa absurdidad parece desenvolverse la existencia hasta que quizas nos llegue un momento de lucidez y asumamos nuestra esencia dentro de la existencia que nos ha tocado. Cuando llegamos a asumir lo que somos, con todas las consecuencias, es quizás el momento en que podemos superar y alejarnos del abismo y llegar a ese estado que siempre anhelamos, y la rebeldía juega un importante papel en nuestra afirmación propia, el ser capaces de superar lo que nos rodea para adentrarse en una búsqueda que parece eternizarse. Pero en el pensador no es así. El pensador indaga alrededor del abismo y su busqueda jamás cesa, por eso Camus posiblemente cambió de rumbo en su pensamiento, por eso es imposible librarse de la duda, de esa rebeldía motora del pensamiento y de su desarrollo. La paz llega por otro derrotero, el derrotero de soportar la angustia y reconvertirla en reflexión, en indagación de la propia esencia y la del mundo.