La obsesión por ser feliz

Por Alberto Soler

Desde una perspectiva filosófica o religiosa, la búsqueda de la felicidad es una meta ansiada por un elevado porcentaje de personas a las que muchas veces, les resulta más angustiosa su obsesión por ser feliz que ser conscientes de la propia infelicidad. Esta premisa invita a proponer como punto de arranque de este artículo la contradictoria circunstancia de que la obsesión por ser feliz acaba por hacernos infelices.

Así como la depresión fue la patología sociocultural más relevante de la segunda mitad del siglo XX, actualmente la obsesión por ser feliz ha abierto las puertas a un suculento negocio en el que los dirigentes políticos, los creadores de tendencias, los economistas, los responsables de marketing, y la avalancha de advenedizos que llevan años forrándose con sus libros de autoayuda —ineficaces cuando no nefastos en su mayoría—, han coincidido en inocular en el inconsciente colectivo un mantra: “necesitas ser feliz. Hasta aquí podríamos considerar que nada grave perjudica a la libertad o la salud mental colectiva si no fuera por la salvedad de que son una pléyade de charlatanes quienes diseñan el concepto de felicidad a la medida de su propio interés. También son ellos quienes promueven necesidades de mercado en la población, incitando a la comunidad a desear un bienestar diseñado a la medida de sus debilidades. La consecuencia es que a fuerza de no pensar, la libertad del ser humano se resiente conforme se aceptan los consejos de los gurús del consumismo que manipulan su voluntad y moldean sus criterios de necesidades.

Recuerdo haber leído (no dispongo de la referencia) que al principios de la década de los ochenta se publicaban cada año 130 artículos científicos sobre la felicidad, mientras que en la actualidad la cifra no baja de más de 1000 al mes; un dato que habla por si sólo e invita a la reflexión.

Todo apunta a que el placer y la dicha se han convertido en un objeto de consumo, pero también en una obsesión, no sólo en quienes ansían ser felices sino también de quienes definen y diseñan qué es la felicidad, es decir, la industria que incita a consumir para ser feliz.

Así planteado, resulta difícil saber si el concepto de felicidad en siglo XXI es una moda, un estado de conciencia, un sentimiento, unos hábitos impuestos, o tal vez una quimera con la que mantener ocupada a la población.

Desde la etapa hippy de los sesenta y el misticismo esotérico de los setenta, la sociedad ha evolucionado a una fase de autoayuda que me gusta llamr paulocohelismo, algo que podríamos definir como una moda que adoctrina a las masas en el arte de pensar en positivo (consigna coloquial que detesto y se repite hasta la saciedad en los manuales de autoayuda) y las instruye en un dogma interpreta el estado de bienestar como algo que no es más —o al menos lo era hasta hace poco— que calidad de vida.

Todo apunta a que la sociedad está siendo instruida —manipulada— en un nuevo concepto de felicidad.

Pero, retomemos el tema de la obsesión por ser feliz, y reflexionemos acerca de cómo esta necesidad puede llegar a perjudicarnos.

La sociedad ha evolucionado hasta un punto en el que ya no basta con ser feliz. El ser feliz ha dejado de ser suficiente desde que surge la necesidad —impuesta— de revalidarlo en unas redes sociales donde se magnifica la felicidad del mismo modo que se borran los michelines con Photoshop al publicar una foto en bañador.

Surge así una realidad virtual que se superpone difuminando las propias miserias. Todo parece auténtico con un clic hasta que se desvanecen las sobreactuadas sonrisas cuando el smartphone de turno deja de tomar instantáneas.

Ya no es suficiente el placer de disfrutar de una buena comida en un buen restaurante si no se deja constancia a tiempo real en Facebook o Pinterest de cada plato y la sonrisa de satisfacción del comensal que quiere epatar a sus seguidores muy por encima de que la comida esté o no en perfectas condiciones para ser fotografiada.

Este es el resultado de la presión social por ser feliz —o sólo aparentarlo—, un hábito impuesto que convierte al sector más vulnerable de la sociedad en una domeñada grey obsesionada por conseguir una felicidad más impuesta que deseada.

En cierto modo se ha infantilizado el concepto de la felicidad debido a la imposición de ser feliz por encima del deseo de serlo.
Intentaré explicarlo. Desde siempre, el mejor juguete para un niño ha sido el de su amigo, y si rechaza el suyo es porque se ha cansado de él, o porque el de su compañero de juego aporta el aliciente de la novedad (incluso aunque lo propio sea mejor).

Extrapolado al mundo adulto, esto se traduce por la frecuencia con que el coche del vecino parece más limpio que el propio, algo que se magnifica si el vecino publica las fotos de su coche en Facebook y tenemos acceso a verlas.

Así, muchos de quienes abren una cuenta en una red social lo hacen influenciados porque está de moda, o bien para sentirse menos solos. Sin embargo, pueden encontrarse con unos efectos no deseados —incluso contrarios— como la envidia, la frustración y finalmente la soledad.

Y es aquí donde la sociedad de consumo empeora aun más la vulnerabilidad de los débiles con sus técnicas de mercantilizar el bienestar, convirtiendo en obsesión lo que debería ser ilusión. Todo empeora cuando hacen entrada los personajes esbeltos, sanos y felices—iconos referenciales creados por los perversos técnicos de marketing— de los anuncios de alimentos bio, bebidas light, cremas antienvejecimiento o pomadas para el dolor que permiten a una abuela jugar con su nieto a los pocos minutos de frotársela.

Con todo ello, la felicidad ha pasado a ser un constructo sociocultural que varía con cada época, siendo interpretado de un modo distinto por cada civilización. En nuestro medio, consumidos ya casi dos decenios del nuevo siglo, la felicidad se ha convertido en un ideal difuminado más parecido a una quimera que a una meta real. Y esto es lo que desean quienes manipulan el sistema, pues sólo les interesa que busquemos permanentemente la felicidad para llenar sus bolsillos, pero sobre todo para mantenernos engañados machacándonos con consignas —a través de los medios y las redes sociales— haciéndonos creer que somos prósperos y boyantes porque un televisor de última generación y más de cincuenta pulgadas cuesta cada vez menos dinero.

CONCLUSIONES

Nada de malo debería haber en todo lo expuesto siempre y cuando no se coarte la libertad del individuo, o al menos no hasta límites preocupantes.

El problema, no obstante, estriba en que a mayor sensación de opulencia y cuanto más fácil es el acceso a los bienes de consumo no básicos (mientras los básicos son inaccesibles), se nos incorpora a una burbuja de falsa opulencia, modernidad y prosperidad que eclipsa lo problemas graves y verdaderos, y anestesia los mecanismos que regulan l reivindicación social de la verdaderas necesidades para una calidad de vida óptima.

Una primera lectura de los expuesto descarta que la búsqueda de la felicidad sea un problema per se, ya que el quid de la cuestión radica en estar sometidos a un bombardeo de mensajes que distorsionan la realidad, convirtiéndose la búsqueda de la falsa felicidad en una obsesión que con frecuencia aboca en la frustración.

La proliferación de mensajes que nos incitan a sonreír, a ser felices a la fuerza —y si no parecerlo—, vivir con una febril intensidad como si cada día fuera el último de nuestra existencia, todo ello nos genera ansiedad, y un comportamiento obsesivo y también sentimientos autodestructivos tras asumir la imposibilidad de llevar a cabo lo que acabamos exigiéndonos. De ahí a la depresión hay sólo un paso.

Como anécdota final, reseñaré que la venta de antidepresivos en nuestro país se ha multiplicado por tres en el último decenio (lo que supone un incremento del 200%), un dato que invita a meditar seriamente acerca de si nuestra sociedad es o no más feliz que la de la generación que nos precedió.

Acerca de Alberto Soler Montagud

Médico especialista en Pediatría que en una segunda etapa profesional se decantó por la Salud Mental, especialidad que ejerce desde hace varios años. Miembro extraordinario de la Sociedad de Psiquiatría de la Comunidad Valenciana. Escritor y poeta con varios libros publicados (narrativa, relatos cortos, poesía). Recibió el “Premio Fénix Internacional” 2018 por su trayectoria y aporte a la construcción de la identidad cultural en Movimiento Siglo XXI. Colabora como articulista de prensa en Nueva Tribuna – Público – Levante EMV. Colaborador radiofónico ocasional en tertulia cultural. Aunque se considera un diletante en la música y la pintura, tiene algunas canciones compuestas y ha hecho exposiciones de obra gráfica.