Lenguaje inclusivo

Por Pepe Millán

El portavoz, la portavoza y otros aguaceros y…, aguaceras

La inclusión lingüística, y lo que es peor, la exclusión social.

No es el lenguaje inclusivo que avanza sin remisión en lo público hoy día lo que me preocupa, sino del olvido auténtico y veraz de la inclusividad del individuo en todos sus aspectos humanos, manifestados por dos aspectos fácilmente reconocibles, -el que nos hace odiar a aquellos que consideramos inferiores, tal como sigue pasando con la mujer,- la aserción vacía de tener conocidos estrechamente ligados a nuestra vida, tal como minorías (a vuestra imaginación), para presumir de nuestros alcance humano mientras seguimos usando nuestras fobias de inseguridad. Y quizá utilizar una tercera, -la indiferencia hacia aquello que, desgraciadamente, nos afectará bastante, pero hoy no sabemos ver.

Creo que estamos sujetos a los mismos prejuicios que queremos suprimir por medio de un lenguaje que queremos hacer común a todo en la ridícula degradación y baile lingüístico de confrerie, que, para mayor igualdad, solidaridad y campechanismo, queremos institucionalizar y forzar en todos, quizá para evitar el qué dirán, y para mostrar que somos iguales y, por tanto, ser mejor vistos y respetados. ¿Por quienes? No sabemos.

Me recuerda la actitud del hijo de Bart Simpson (el comic) cuando se jacta de ser ignorante y de estar inconscientemente orgulloso de serlo; la vida sigue igual y quizá menos diferente de lo que somos o no queremos ser para que la gente no se mosquee con nuestros aires grandiosos, solo diferenciados por aquellos que no huelen tan bien como nosotros, y regidos hoy día en unas nuevas dinastías por los sueldos y dietas parlamentarias de aquellos que pretenden ser iguales en su afán igualitario, con carácter de atracción electoral y embaucadores de mentes etéreas; entonces mama mía, sí, hay clases.

Trump dice también lo que quiere y comete los errores que tenga que cometer; eso no le hace inclusivo hacia una populación generalizada, patrimonio de todos; más bien de limitación tribal ancestral. Tal ocurría, y nos relacionábamos en nuestro afán guerrero y de supervivencia, como cuando salíamos a escape de África. Aunque en esa época había menos gente y lo correcto estaba, como América, por descubrir.

¿Y por qué?

Porque la inclusividad de genero no se fuerza políticamente en la gente por degradación artificial lingüística; así como la inclusividad de las muchas variaciones de genero no se puede imponer por unas leyes que la mayoría no cumplen por falta de reflexión humana, capacidad crítica o simplemente primitivismo social. Y como tal, la inclusividad no se puede disimular con pretensiones de forzada igualdad que rayan en la exaltación del patetismo.

Y tened bien claro que, en España, a pesar de las consabidas retorsiones lingüísticas, se vive un grado de violencia social racista, machista y discriminante inimaginable, fácilmente reconocible en los demás, que la inclusión lingüística no resuelve, o sabe resolver …, y las demostraciones de genero/lingüísticas “excatedra” pulpitarias y tablaos públicos de zapateados flamencos, así para hacer mas ruido, no sirven para hacer justicia en lo que debería ser una autentica inclusión social (educación).

Los políticos viven del oportunismo holístico cófrade, y ellos lo saben. Ah, la tan cacareada confrerie manifestada por nuestros deseos de igualdad y de no saber educar a los que lo necesitan de verdad, porque al final no quieren que descubran sus trapicheos; todos somos iguales, y compañeros de los Simpsons.

Desde mi atalaya en Toronto

About José Millán

Periodista español afincado en Canadá