«¿Qué sigue siendo una mujer?» El Segundo Sexo en la actualidad.


Palomas en la fuente. L. Orlando

Por Alicia Muñoz Alabau

¿Qué es una mujer?” fue la pregunta que dio origen al proyecto filosófico de S. de Beauvoir en El Segundo Sexo, en el cual se ponía en cuestión un concepto que hasta entonces no se había cuestionado. De esta manera, la existencialista francesa destapaba toda una serie de prejuicios establecidos de una manera determinista que limitaban la vida de las mujeres y las hacía vivir encorsetadas en unos patrones que los hombres les habían diseñado.¿

Según el existencialismo, la existencia precedía a la esencia; es decir, que no hay una naturaleza común a todos los individuos y por lo tanto, el ser humano es aquello que resulta de su propia acción. Cada uno nos hacemos a nosotros mismos y somos el resultado (o las víctimas, según se mire) de nuestros propios proyectos. Pero, además, la libertad propia afecta al desarrollo de la libertad de los demás y eso hace que la responsabilidad a la hora de actuar sea mayor. Nos desarrollamos en un marco de intersubjetividad, necesitamos del reconocimiento de los demás y la moral se entiende como una moral de acción y de compromiso.

Beauvoir dio una interpretación feminista a todas estas máximas y habló de que la “feminidad” no era una cualidad que determinara a las mujeres de una manera natural, (de ahí su famosa afirmación «No se nace mujer, sino que se llega a serlo») sino un mito forjado a lo largo del tiempo a través de un complejo proceso de aprendizaje que comienza en los primeros momentos de vida. Se asocia a las mujeres a las tareas que tienen que ver con el cuidado de los demás (por características supuestamente “naturales”) y se las educa para que respondan eficazmente a ellas.

En la primera parte de su investigación (lo que la filósofa llamó el momento “regresivo” de su método), indagó los orígenes históricos de esta distribución de roles. Desde siempre, los varones arriesgaban su vida en acciones peligrosas y las mujeres no participaban en ellas porque daban la vida y tenían que respetar sus períodos de embarazo, lactancia y crianza, pero además les reconocían a ellos su valor y prestigio. De esta manera, los varones iban aprovechando dicho prestigio y ofrecían a cambio su protección con el fin de perpetuarlo. Este sistema se fue organizando en instituciones y justificándose mediante códigos escritos y mitos, dando lugar al patriarcado; una forma jerárquica de organización social en la que las mujeres pasaban a un segundo plano.

Ya en la segunda parte (el momento “progresivo” del método, el que mira al futuro), Beauvoir apuntaba algunos cambios que serían deseables para sacar a hombres y mujeres de esa inercia en la que la educación y la socialización tradicionales los habían encasillado. La conciliación del trabajo productivo con el reproductivo sería uno de los elementos fundamentales para conseguir la autonomía de las mujeres. Por ello, el sistema público debería ofrecer una educación igualitaria para garantizar que ellas también pudieran acceder a la autonomía económica, básica para el desarrollo de su libertad. Así pues, la primera transformación sería de tipo económico, pero se necesitarían también consecuencias morales, sociales y culturales. Se planteaba que la revolución había de ser colectiva para transformar las costumbres y establecer modelos masculinos y femeninos no jerárquicos que conllevaran relaciones igualitarias.

En definitiva, Beauvoir hablaba de modificar las situaciones que impiden o merman las oportunidades vitales y se refería a una evolución que liberaría tanto a hombres como a mujeres ya que ambos encuentran sus proyectos vitales encasillados por lo que se espera que sea lo adecuado a su genitalidad. Podríamos señalar que los factores básicos del cambio pasarían por romper el techo económico invisible que se alza sobre las cabezas de las mujeres y la independencia económica, la necesidad de conciliar la vida personal con la profesional (igualdad en el reparto de las cargas familiares y maternidad libremente asumida) y una educación igualitaria que ofrezca oportunidades sin tener el cuenta el género, desde la más absoluta libertad.

Conviene tener en cuenta que El Segundo Sexo vio la luz en 1949 y que la mayoría de reivindicaciones y reflexiones beauvoirianas están por resolver. Cabría preguntar por tanto: ¿cuánto hemos avanzado realmente en este sentido?

Y por último, alguna de las afirmaciones de la filósofa francesa que incidían directamente sobre los mitos del amor romántico que todavía perviven en la actualidad:

“Lo que beneficiaría especialmente a la joven sería que al no buscar en el varón un semidiós -sino solo un compañero, un amigo, una pareja- nada le impediría asumir ella misma su existencia; el erotismo y el amor tomarían el carácter de una libre superación y no el de una rendición; ella podría vivirlos como una relación de igual a igual.” pár. 15 de la conclusión , El Segundo Sexo.

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