¿Existe algo después de la muerte?

 

Por Alberto Soler

Una de las constantes que inquietan a todo ser humano, incluso a quienes niegan haberlo experimentado en alguna ocasión, es la angustia ante lo que pueda suceder cuando dejemos de sentir, de pensar, de respirar y, en suma, de vivir.

Nacimos para morir y cada fracción de segundo que avanza en el tiempo nos aproxima más a la muerte. Sin embargo, al ser humano le cuesta aceptar esta realidad cuando tal vez sea lo único que tiene seguro como destino determinante y conclusivo de su vida.

Cuesta desprenderse de lo corpóreo y tendemos a identificarnos con lo material, creyendo demasiadas veces que la felicidad será mayor cuanto mayores sean nuestras posesiones, todo ello en base a la propensión de aferrarse a lo perecedero sin dar preferencia a ejercitarse en el aprendizaje fértil, en el disfrute de los sentimientos, en las motivaciones y en las inspiraciones, es decir, en aquello que tiende a la inmortalidad, a la perdurabilidad y a la eternidad.

Por mucho que amemos a la vida y pongamos nuestro empeño en considerarla como la única realidad cognoscible y sensorialmente perceptible, y por mucho que la razón nos impela a asimilar que tras la muerte no habrá más que una inmensa nada, exactamente igual a la nada que nos precedió previamente a nuestra existencia, independientemente de todo ello, resulta imposible rechazar la posibilidad de que tras esa liberación de nuestro cuerpo físico que supone la muerte, no subsista un algo residual, perdurable, intangible que —caso de existir— posibiliteara la transición a un nuevo estado libre de limitaciones, de miedos, de dudas y de vulnerabilidad, tal cual proclaman muchas religiones y doctrinas filosóficas. 

Desde el racionalismo, resulta imposible la negación de que una parte de nuestro yo —llámese alma, espíritu, energía o como cada cual prefiera denominarla independientemente de creer o no en su existencia— se exprese mientras estemos vivos, y lo haga sin necesitar del cuerpo para ser y para manifestarse. 

El cientificismo más lógico, metodológico y cartesiano niega la existencia de un alma  —esencia o psique— que cohabite con el cuerpo durante la vida y nos sobreviva tras la muerte. Sin embargo, la física cuántica cuenta con personalidades relevantes como el norteamericano Stuart Hameroff o el británico Sir Roger Penrose, que aseguran ser capaces de probar su existencia de un ente inmaterial dentro de las células de nuestro cerebro y la posibilidad de un intercambio energético entre los seres humanos, y también que esas energías pervivan tras el cese de las funciones vitales orgánicas.

Más allá de unos planteamientos científicos en los que no entraremos por no ser el propósito de este artículo, la evidencia basada en la experiencia demuestra que la existencia física nos encadena a los miedos más trascendentes —como el miedo a la muerte— y a la vulnerabilidad y las consecuencias de la brevedad de la vida y su carácter perecedero. Por ello, para muchos, resulta esperanzador que después de la muerte exista algo más que nos convierta en invulnerables, en eternos.

Desde tiempos inmemoriales, las religiones han intentado sacar provecho de esta inquietud, y lo han hecho fomentando la certidumbre de que tras el cese de las funciones del cuerpo físico, nos aguarda una recompensa en forma de paraíso. Este utópico y esperanzador anhelo ofertado por doctrinas y creencias es una oferta de perennidad que, independientemente de las técnicas de coacción para su imposición y la exigencia de fidelidad al mismo bajo amenaza de castigo por incumplimiento, alivia en muchos crédulos el ancestral temor a la muerte.

Sin embargo, ante la eventualidad de que tras la muerte sólo haya una eterna nada, sería lógico concluir que al dejar de existir no experimentaríamos pérdida ni ganancia alguna ya que nada—bueno ni malo— sentiríamos cuando ya no fuéramos.

La existencia de un ente metafísico coexistente con el ente material del cuerpo (que nos sobreviva después de la muerte), ha preocupado a los estudiosos de la filosofía desde sus orígenes.

Históricamente, la mayoría de los filósofos han coincidido en que la muerte no es el final sino el comienzo de algo cuya concreción, conocimiento y descripción es fuente de tantas y divergentes controversias como las que suscita la existencia o no existencia de ese algo.

La aceptación de la existencia de ese ente supondría admitir la realidad de un alma inmaterial en cada uno de nosotros y que esta nos sobreviviría al separarse del cuerpo tras la muerte. No obstante, como el objetivo de este artículo es meramente expositivo y no pretende ahondar en la existencia o no del alma (una de las mayores fuentes de controversias que enfrenta a las doctrinas filosóficas entre si y a su vez también con la ciencia), postergaré para otra ocasión cualquier análisis inherente a este debate.

Reseñemos no obstante que Platón fue el filósofo clásico que más profundizó en este tema, y que en sus Diálogos nos dejó el legado de interesantes argumentos sobe la inmortalidad del alma, sobre todo en Fedón, ambientado las últimas horas de vida de Sócrates en la cárcel antes de ser ejecutado. 

Más allá de un planteamiento puramente filosófico, ya hemos reseñado que en la actualidad persiste la controversia entre los partidarios y detractores de la inmortalidad y la existencia del alma, una polémica que incluso se contempla a partir de la física cuántica. Desde este nuevo y científicista frente de debate, finalizaré citando a Stephen Hawking cuando afirma que el alma (como también la inmortalidad o cualquier paraíso), no serían más que los ingredientes de un cuento de hadas destinado a tranquilizar a quienes más temen a la muerte.

 

Acerca de Alberto Soler Montagud

Médico especialista en Pediatría que en una segunda etapa profesional se decantó por la Salud Mental, especialidad que ejerce desde hace varios años. Miembro extraordinario de la Sociedad de Psiquiatría de la Comunidad Valenciana. Escritor y poeta con varios libros publicados (narrativa, relatos cortos, poesía). Recibió el “Premio Fénix Internacional” 2018 por su trayectoria y aporte a la construcción de la identidad cultural en Movimiento Siglo XXI. Colabora como articulista de prensa en Nueva Tribuna – Público – Levante EMV. Colaborador radiofónico ocasional en tertulia cultural. Aunque se considera un diletante en la música y la pintura, tiene algunas canciones compuestas y ha hecho exposiciones de obra gráfica.